jueves, 17 de diciembre de 2009

Exposición sobre Sarmiento, Avendaño, y las nociones de frontera.

Comentaré algunas cuestiones sobre la noción de frontera en Sarmiento y Avendaño en torno a las categorías de Civilización y Barbarie. Predeciblemente, estas categorías me obligan a empezar con Sarmiento, y a centrarme un poco en él.

A modo de introducción quisiera, si a ustedes no les parece mal, empezar con dos imágenes de esta figura tan compleja que es Sarmiento, dos imágenes que extraigo de dos textos de Sarmiento que no están en la bibliografía. Se trata de dos cartas. La primera, una de esas famosas y maliciosamente citadas cartas a Mitre, la que envía Sarmiento el 24 de diciembre de 1861 y le dice:

“Mientras haya un chiripá no habrá ciudadanos. (…) El poncho y el chiripá son de origen salvaje y forman una división entre la ciudad culta y el pueblo”.

Subrayo la palabra “división”, porque bien podría haber dicho ahí frontera. En el Facundo, dice Sarmiento de Quiroga:

“era el comandante de campaña, el gaucho malo, enemigo de la justicia civil, del orden civil; del hombre educado, del sabio, del frac, de la ciudad, en una palabra”.

De esta cita extraigo la primera imagen, que es la de un Sarmiento como soldado boletinero en el Ejército Grande de Urquiza. Entonces, como boletinero, Sarmiento lleva al campo de batalla su propia imprenta, plumas, papeles, pero además, y esto es lo que me interesa, lleva un uniforme europeo. Sarmiento manda a hacerse su uniforme militar en Europa, y aparece entonces con quepi y plumas. Tal como vimos en las clases sobre la Guerra del Paraguay, en ese entonces el ejército no estaba todavía profesionalizado, y esto afectaba la cuestión del uniforme. En ese lindo texto de Devoto y Madero sobre vida privada, cotidianeidad y frontera hay algunos datos sobre esto, y también podemos pensar en Martín Fierro cuando dice “yo no tenía ni camisa”, contando su experiencia como soldado. El Ejército Grande estaba compuesto por muchos gauchos de chiripa, y muchos ni siquiera eran argentinos porque Urquiza, que se había distanciado de la Confederación, había hecho alianzas internacionales, de modo que había uruguayos y brasileros. Entonces rescato esta imagen de un Sarmiento vestido con quepi y plumas, a la europea, entre medio de gauchos de chiripá, y me pregunto, ¿a qué se debe esta incongruencia? Se debe en principio, a sus parámetros ideológicos, a esto de que “mientras haya chiripá no habrá ciudadanos”. ¿Por qué Sarmiento introduce estos signos de la civilización europea en un espacio de barbarie? Para imponer la civilización, porque si bien la barbarie está en la campaña, en la pulpería, en el chiripá, ¿la civilización dónde está? Puede tener también un espacio geográfico, como podría ser París, pero a mí me gusta más la idea de que la civilización está allí en donde esté él: la civilización es la cultura europea, el uniforme europeo, y Sarmiento la lleva por donde vaya: él mismo, que contiene la civilización, es la frontera de la civilización que se expande allí donde no está.

La segunda imagen está en los Viajes, y es una carta a Juan Thompson, fechada en Orán el 2 de enero de 1847.
Sarmiento visita Argelia, y cuando está en el Sahara, constantemente compara lo que ve con la pampa argentina, lo cual es previsible, porque en el Facundo establece todo el tiempo este tipo de comparaciones, no ya con África, pero sí con el oriente musulmán, como Palestina. Permítanme que les lea unas citas:

“Guiado solo por la análoga fisonomía exterior del Sahara y de la Pampa, yo me encontré en América”.

Y así, durante toda su excursión, va tomando nota de que el baqueano árabe le llama la atención por su identidad con los nuestros de la pampa, y que las tiendas patriarcales de los descendientes de Abraham son similares a los toldos de nuestros salvajes. Pero hay un momento conclusivo, y de aquí extraigo la segunda imagen, en que Sarmiento se para frente al desierto del Sahara, y empieza a alucinar… Les leo la cita:

¿Por qué no veremos usted y yo en nuestra lejana patria surgir villas y ciudades por una impulsión poderosa de la sociedad y el gobierno, por qué no veremos llegar la civilización y la industria hasta el borde de los incógnitos Saharas que esconde la América?

Después de decir esto dice que tuvo que cerciorarse de que estaba despierto, lo cual me hace pensar en este Sarmiento soñador, el de Argiropolis: Ezequiel Martínez Estrada, en Radiografía de la pampa, dice que los argentinos vivimos en un sueño de Sarmiento.

Esta es la segunda imagen. Después de un Sarmiento con uniforme europeo en medio de gauchos con chiripá, ahora lo tenemos parado frente al desierto del Sahara, imaginándose el crecimiento de fabulosas ciudades industriales…

Ahora sí, a partir de estas dos imágenes, que para mí ya lo dicen todo, salgo de los desiertos africanos y entro al eje del programa.
¿Cómo pensar la frontera en la fórmula civilización y barbarie? ¿Hay, entre ambas, una frontera? Yo pienso que la misma frase civilización y barbarie condensa ya muchas nociones de frontera. Por ejemplo, las dos que propone el texto Estatuas para amarrar caballos de Claudia Román y Fontana: la frontera puede ser tanto una línea divisoria concreta, como la política, o bien una zona, un espacio heterogéneo en donde confluyen diferentes elementos.
Yo creo que estos dos tipos de frontera están presentes en Sarmiento, incluso al mismo tiempo. No tiendo a pensar que prevalezca el espacio heterogéneo sobre la línea divisoria, más bien que los dos tipos de frontera operan de maderera paralela. Por eso insisto en el análisis de la fórmula misma de “civilización y barbarie”, un título muy significativo, y la idea de que ya están allí sugeridas, incluso por ls disposición sintáctica, estas dos nociones.
Si tomamos la frontera como línea divisoria concreta entre dos cosas diferentes, la disyunción “y”, de civilización y barbarie, podría haber sido más bien una “o”, para marcar mejor la diferencia de los opuestos. De un lado, estaría entonces la civilización, Europa, la ciudad, el libro, Guizot, Toqueville, y del otro la barbarie: América, la campaña, el gaucho, Quiroga. Piglia dice que la visión política de Sarmiento nos obliga a ver una “o” donde hay una “Y”.
Si tomamos la frontera como una zona de elementos heterogéneos, entonces la “y” de la disyunción estaría marcando no un antagonismo entre dos términos sino cierta equiparación. Estarían en un mismo nivel, incluso en un mismo espacio: podemos decir civilización y barbarie como podemos decir Hamlet y Macbech, que a veces Sarmiento los confunde… En este segundo criterio vemos que ambos términos pueden entreverarse un poquito, influirse, determinarse mutuamente, formar parte de un mismo espacio.
Yo creo que en Sarmiento funcionan estos dos tipos de fronteras al mismo tiempo, y para analizarlo creo que lo más eficaz es ver el lugar de la escritura en la ideología de Sarmiento.

En principio, yo diría que Sarmiento cifra la civilización sobre todo en la escritura. Ya sé que todo es mucho más complejo, pero me parece un eje poderoso: la civilización está en la cultura letrada. La noción tiene cierto peso. Si tomamos, por ejemplo, los estudios de Ong, vemos que es el paso de una sociedad oral a una sociedad letrada lo que marca el gran salto hacia la modernidad.

En el capítulo XIV del Facundo dice algo muy significativo: para demostrar la barbarie de la tiranía, basta como prueba el “no hallarse del lado de Rosas un solo escritor”. También demuestra el estado de barbarie de una provincia (La rioja), diciendo que no hay letrados ni hombres que vistan frac.
Bueno, desde ya que esto es harto discutible, y nosotros analizamos la importancia de la escritura en el ámbito de la barbarie, la figura del secretario del caudillo. Pero como Sarmiento dice que la civilización es la escritura, tiene que decir que allí en donde está la barbarie la escritura no funciona.
Ya en la advertencia del Facundo, y esto lo analiza muy bien Piglia en las Cinco claves, vemos que lo que separa a bárbaros de civilizados es la posibilidad de leer una frase en francés: On ne tue point les idées. La escritura, este producto urbano que sería ajeno al ámbito salvaje de la pulpería, es en Sarmiento la frontera misma, pero es una frontera dinámica, que puede expanderse, movilizarse, ocupar el espacio de la barbarie, como esta cita de Diderot escrita con carbón en los baños de Zonda. En contra la oralidad del despotismo asiático o americano, que no tiene más ley que la voluntad del caudillo, la civilización tiene la escritura, es decir el libro, y el libro es la constitución, la ley, la cultura francesa que hizo la revolución. Si la escritura, como cifra de la civilización, es lo que lucha contra la barbarie, entonces se explica la política pedagógica de Sarmiento, pero también esta idea de una frontera dinámica que lleva la civilización a todas partes: puede ser el mismo Sarmiento, en el Sahara, o su libro, el Facundo, que, como le dice a Alsina, es capaz de “emprender largos viajes” y de llegar a las campañas del gaucho e incluso a las oficinas del pobre tirano.
Todo lo que acabo de decir podría considerarse como una introducción para hablar de Avendaño. En las memorias de Avendaño aparecen todos estos elementos. En principio, así como Sarmiento presume de la civilización que lleva consigo en medio de los gauchos con chiripá o ante el desierto mismo del Sahara, Avendaño también la lleva hacia las tolderías, y esta civilización es el mero hecho de saber leer. Vemos nuevamente esta intromisión de la civilización en la barbarie mediante la escritura: así como el Facundo llega a los toldos, tal como nos cuentas Zeballos, también llega la capacidad de leerlo en voz alta, Avendaño. La civilización es este libro, esta frase de Diderot, esta capacidad de saber leerla. De modo que si pensamos que la civilización está sobre todo en la cultura letrada, Avendaño es un ejemplo extraordinario. Por el solo hecho de saber leer logra mantener el contacto con la civilización en medio del desierto: toda la civilización la conserva en la lectura. Si no hubiera sabido leer hubiera sido un cautivo más, se hubiera convertido en un indio, hubiera perdido la civilización. Esto lo analiza muy bien Graciela Batticuore en su texto “Leer y escribir en la frontera”. Me gustaría decir que lo vi yo mismo en el texto, pero una vez leído el análisis de este artículo es imposible dejar de parafrasearlo: Avendaño mantiene un lazo con la civilización mediante la lectura, y advierte cuán significativo es que lea los oficios de la misa. Avendaño necesita calcular cuándo es domingo para hacer esta lectura, de modo que la lectura hace que conserve, entre los infieles, la tradición cristiana, y con ella toda la estructura racionalizadota de la cultura occidental que implica una manera de medir el tiempo. Batticuore también advierte que es la lectura lo que establece entre él y Baigorria una complicidad que posibilita su fuga: después de alejarse de los toldos para leer juntos, se planea la fuga. Y el libro que leen, que es una historia de los incas, me parece también algo muy interesante, y me da pie para encontrar otra coincidencia con Sarmiento y volver al tema de la frontera entra civilización y barbarie.
Habíamos visto que en Sarmiento la civilización y la barbarie, a la vez que se enfrentan formando un drama sangriento, forman parte de un mismo espacio. Yo diría que la complejidad de este espacio se debe a que la escritura, que es la civilización, toma como objeto a la barbarie. Acá es donde se da el mayor grado de entrevero entre ambos términos.
En América escribir es escribir al otro, es usar el saber letrado para capturar el paisaje argentino que produjo a Quiroga. Sarmiento no escribe libros sobre la vida de los letrados franceses: escribe sobre el Chacho, sobre Quiroga, así como Avendaño sobre los caciques y los indios.
Sarmiento, al igual que Cooper, quiere pintar ese cuadro americano en el que la civilización lucha contra la barbarie, y esto se debe a que el hecho mismo de capturar esta escena en un libro implica el triunfo del lado ilustrado. Algo de esto vimos en La cautiva: en este poema la ficción lo que hace es capturar para sí, o sea para la cultura europea, el paisaje del indio, y plantar el ombú y la cruz en la pampa. Así como Echeverría quiere capturar este paisaje, Sarmiento quiere capturar a Facundo Quiroga y Avendaño las costumbres de los indios. Entonces yo veo que tanto el Facundo como las Memorias de Avendaño comparten dos cosas centrales: una, que están extraordinariamente bien escritos, que ostentan, mediante su mismo tipo admirable de escritura, la civilización que poseen, y la otra cosa es que escriben sobre la barbarie, el gaucho y el indio. De hecho hay dos escenas en estos libros que son análogas. Se trata de los tigres. En Facundo la escena de Quiroga y el tigre es una de las más notables del libro. Y también en Avendaño se luce mucho este suceso en el que un tigre ataca a unos indígenas que volvían de un malón. Los dos autores destacan las máximas virtudes letradas de la civilización mediante la pintura de la máxima barbarie: la lucha de las fieras con los nativos.

En cuanto a este cruce de civilización y barbarie en la escritura, es muy interesante la discusión que plantea Ramos con el texto de Piglia en Desencuentros de la modernidad. Piglia analiza los defectos del Facundo para decir que se trata de una escritura salvaje, una cultura de segundo orden que sabe mal lo que sabe, que está llena de barbarismos que vulgariza el mismo saber que ostenta. Pero Julio Ramos demuestra que no se trata de una cultura de segundo orden sino de una estrategia: un recurso necesario para conocer la vida americana, para capturar un saber que la ciencia europea no es capaz de aprehender.
Sarmiento se vale de Europa pero para explicarle a Europa lo que su ciencia no puede abarcar, que es la barbarie. El Facundo, aunque sea un libro “indisciplinado” e “informe”, es no obstante, o mejor dicho, por eso mismo, capaz de explicar lo que los europeos no pueden, lo que los unitarios no pudieron.
El Facundo se llama civilización y barbarie porque nos dice que la civilización, la escritura, toma como objeto a la barbarie, y lo hace para enfrentarla, para ocupar su espacio, así como Avendaño lleva las oraciones de la misa al desierto, así como Sarmiento, después de Caseros, se sienta en el gabinete de Palermo.

El secreto de la barbarie, el gran enigma nacional, se devela mediante un libro, mediante la civilización: esto da cuenta, al mismo tiempo, los dos tipos de fronteras de las que hablé al principio: por un lado los términos están opuestos, enfrentados, pero por otro lado es este mismo enfrentamiento lo que los trenza en un mismo espacio heterogéneo.

1 comentario:

Horacio dijo...

CAPITÁN RUFINO SOLANO: SU ACCIÓN ÚNICA E INIGUALABLE.-
Este muy particular militar, recordado como “El diplomático de las pampas”, desplegó inigualables acciones en favor de la paz, la libertad y la vida en la denominada “frontera del desierto”, en el siglo XIX. Mediante estas acciones, haciendo uso de un trato proverbial con el aborigen, consiguió redimir personalmente a centenares de mujeres, niños y otros prisioneros, de ambos bandos, movido por una notable y especial consideración hacia el género, encarnado en la lacerada figura de la cautiva. Asimismo, se destacan entre sus acciones, el haber evitado sangrientos enfrentamientos por medio de sus prodigiosos oficios de mediador, pactando numerosos acuerdos de paz y de canje de prisioneros con los máximos líderes indígenas, como Calfucurá, Namuncurá, Catriel, Pincén, entre muchos más. Más allá de las rectas condiciones humanas y morales con que se hallaba dotado este militar, sus amplios conocimientos y capacidad para comunicarse con la lengua y el alma del indígena, habían sido adquiridos por pertenecer a una familia fundadora de la ciudad de Azul y por la radicación y funciones que desempeñó su padre en toda la zona.
El capitán Rufino Solano actuó bajo el mando de jefes militares tales como Ignacio Rivas, Benito Machado, Francisco Elías, Álvaro Barros, entre otros; también lo hizo bajo órdenes directas de Adolfo Alsina, Martín de Gainza, Márcos Paz y de las más altas figuras políticas del país. Además de ello, fue lazo y nexo imprescindible en tareas de evangelización y salvamento de personas realizadas por la Iglesia, prestando estrecha y activa colaboración al Padre Jorge M. Salvaire, denominado “El misionero del desierto y de la Virgen del Luján”, fundador de la Gran Basílica de Nuestra Señora del Luján y fue ineludible interlocutor entre los caciques y el Arzobispado de la ciudad de Buenos Aires, en la persona del Arzobispo Dr. León F. Aneiros, llamado “El Padre de los Indios”. También respondió ante numerosos requerimientos de instituciones sociales y desesperadas solicitudes de particulares.
Toda esta tarea la realizó en beneficio de la población de Azul y de otras incipientes localidades de la Provincia de Buenos Aires e incluso de provincias aledañas. Entre otras significativas intervenciones del capitán Rufino Solano, se cuentan la de haber formado parte de los cimientes que dieron origen a la actual ciudad de Olavarría y de otras localidades vecinas.
Esta plausible labor el capitán Rufino Solano la llevó a cabo durante sus más de veinte años de carrera militar y aún después de su retiro hasta su muerte, en 1913. Actualmente obra en la Legislatura de la Pcia. de Buenos Aires, un proyecto de ley para declararlo Ciudadano Ilustre de dicha provincia.- http://elcapitanrufinosolano.blogspot.com/