jueves, 6 de diciembre de 2007

José Carlos Mariátegui: la función de la literatura y la función del intelectual en el ensayo “El proceso de la literatura”




Si queremos, a la hora de analizar un texto de Mariátegui, valorar los criterios que Mariátegui mismo profesa y aplica en sus textos, no es lícito aislar algún capítulo de su obra de la totalidad de su propuesta intelectual. En Mariátegui cada una de las preocupaciones culturales que se trabajan, sean históricas, literarias, o filosóficas, están articuladas y son funcionales a un planteo de fondo que es explícitamente político: la elaboración de un proyecto nacional que encuentra su meta en la patria socialista. El proceso de la literatura, el último de los siete ensayos de su libro más orgánico, no podría considerarse como un asunto aparte del asunto general del libro. El intelectual crítico tiene una función revolucionaria y emancipadora y subordina a ella cada uno de sus intereses culturales. En este caso, la literatura será tratada de la misma manera en la que son tratados los problemas económicos, religiosos o políticos: de manera ideológica. En este sentido, el análisis de un yaraví de Melgar no difiere del análisis del problema de la tierra, del factor religioso o del gamonalismo. La literatura es un elemento político e ideológico tan relevante para el militante socialista como puede serlo el análisis de la explotación del guano y del salitre. El intelectual examina en la producción literaria la política nacional, la evolución histórica del país y las representaciones de sus escritores. El intelectual, en Mariátegui, cumple una función crítica revolucionaria, su tarea cultural forma parte de su militancia política. Su misión es la afirmación de la identidad de los pueblos contra sus opresores, la elaboración de conciencia social para los oprimidos. El primer elemento de esta intelectualidad es su lucha partidaria, su posicionamiento ideológico. En efecto, el principio que antecede la lectura de El proceso de la literatura es la reivindicación de la parcialidad y la negación de la posibilidad de que exista lo contrario, la neutralidad: “mi crítica renuncia a ser imparcial o agnóstica”. Con la claridad que lo caracteriza, Mariátegui afirma desde las primeras letras de este ensayo que opondrá, a la inconfesa parcialidad colonialista de Riva Agüero, su explícita parcialidad revolucionaria y socialista. Sobre la base de este principio se sobreentiende que la crítica sobre la literatura será, antes que literaria, política:
“Para un interpretación profunda del espíritu de una literatura, la mera erudición literaria no es suficiente. Sirven más la sensibilidad política y la clarividencia histórica. El crítico profesional considera la literatura en sí misma. No percibe sus relaciones con la política, la economía, la vida en su totalidad. De suerte que su investigación no llega al fondo, a la esencia de los problemas literarios”.

Efectivamente, a lo largo del ensayo se aplicará una crítica política y social que se antepondrá al inmanentismo estéril de una crítica meramente estética o academicista. Para Mariátegui “toda crítica obedece a preocupaciones de filósofo, de político, o de moralista”. Esta operación es evidente en el examen de Vil Chocano, en donde se desenmascara el verbalismo falaz de una crítica que, basada en el supuesto estético de que lo autónomo es lo exuberante, considera como una traducción del alma autónoma a la obra de un poeta colonial y artificioso. Mariátegui aclarará que en la cultura indígena lo autóctono es fundamentalmente sobrio, hierático, y resaltará la condición costeña de Lapacho, poeta de familia española, tradicional, conservadora. Lo mismo sucede en el caso de Abelardo Gamarra: si bien la crítica no lo recuerda, lo recuerda el pueblo, y “eso le basta para ocupar en la historia de nuestras letras el puesto que formalmente se le regatea”. El criterio social, ideológico y político, propio del intelectual revolucionario, censurará en todo momento el esteticismo descomprometido. A su vez, el escritor de literatura, el artista, no tendrá una función sustancialmente diferente al de este intelectual político. Incluso al referirse a los escritores más desapegados a la realidad política, Mariátegui se cuida de ponerle las comillas al término “independientes”, aclarando que, si bien es posible que un artista trabaje ajeno a todo movimiento, no podrá jamás pasar a la historia sin dejarle un mensaje a la posteridad. En consecuencia, los escritores y sus libros serán analizados según su participación activa y su posicionamiento ideológico en el conflicto social del Perú en tanto que su máxima virtud será, por encima de la estética, la ética, el acompañamiento que pueda tener cada obra frente a las tendencias políticas emancipadoras. Así, cuando habla de Magda Portal, Mariátegui dirá, luego de elogiar la falta de artificiosidad de la poetisa, que “el más imperativo deber del artista es la verdad”. Desde esta perspectiva es indudable que la literatura tiene una función social. Al igual que Sartre, Mariátegui aboga por una literatura comprometida que rinda un servicio liberador a la colectividad
[1]. La literatura, no menos que la economía, representa claves, opiniones, adherencias, y responsabilidades. Para Mariátegui o se está con la revolución, que es el futuro, o se está en contra de ella, que es el pasado, el pasadismo. Luego de aclarar la especificidad del dualismo peruano, es decir, lo colonial y lo incaico, asegura que esta dualidad se refleja en la literatura y, sobre la base de sus principios políticos e ideológicos que, indudablemente, adhieren al segundo de los términos, dará su testimonio de la literatura peruana condenando todo lo que haya en ella que demuestre solidaridad o apoyo explícito hacia el pasado, el colonialismo, el espíritu contrarrevolucionario. Su enemigo principal será Riva Agüero, el portavoz de una paradójica generación futurista cuya literatura no tiene otra ambición que la de liderar la restauración del colonialismo por medio de una literatura “floja”, “servil”, una literatura de “sentimentaloides y retóricos”. Sucesivamente, los defectos de los escritores, la desaprobación de la literatura, se basará en todo lo que haya de colonial en sus formulaciones, en todo lo que sea refractario al movimiento liberador, en la medieval torre de marfil. Incluso en obras de espíritu insurgente, como el caso de Hidalgo, Mariátegui sabrá encontrar en muchos de sus versos la confesión de su individualismo que delatará su filiación romántica. Ideológicamente, el anarquismo de su obra será rechazado por considerarse esta doctrina, desde el punto de vista socialista, una especie de izquierda del liberalismo que la hará entrar, “a pesar de todas las protestas inocentes e interesadas, en el orden ideológico burgués”. No es extraño que desde una concepción literaria como la de Mariátegui el poema de Prada a rescatarse sea aquél que el anarquista le hubo dedicado a Lenin. En el caso de Cólonida y Valdelomar, si bien Mariategui elogia la insurrección que este autor demuestra contra el “academicismo y sus oligarquías”, considera que su defecto es la negación de la política, el elitismo alejado de las muchedumbres. Mariátegui observa en Valdelomar una “evolución” sobre el final de su vida, y esta evolución consiste en una creciente sensibilidad del autor ante las cuestiones políticas: “como Oscar Wilde, Valdelomar habría llegado a amar el socialismo”. Es evidente que a este criterio crítico subyace una creencia: la hermandad ente la obra y la vida, la imposibilidad, por parte del individuo, de desligar su producción cultural de su posicionamiento ideológico y su responsabilidad cívica. Y si los defectos de los escritores y, por consiguiente de sus obras, se deberán a su individualismo, su esteticismo artificioso o su descompromiso frente a los movimientos liberadores, se sobreentiende que sus virtudes serás los elementos contrarios. En efecto, basta revisar todo aquello que Mariátegui valora y aprueba de la literatura peruana para observar que esta valoración y esta aprobación se basa en la funcionalidad de los escritores a los principios sociales e ideológicos que el autor de El proceso de la literatura considera elementales. Así, Gonzales Prada será valorado por su carácter de precursor en la transición del período colonial al período cosmopolita y por el espíritu nacional que, aunque de manera germinal, se halla en las páginas de sus Páginas libres. En el caso de Melgar será valorada su intención de expresar la sensibilidad indígena, aunque el carácter limeño y el mismo idioma español de la literatura peruana no permitan una representación exenta de artificio. Y será la obra de César Vallejo la más aprobada, justamente por la capacidad que tiene el autor de Los Heraldos Negros de ser el poeta de una extirpe, de una raza, por expresar por primera vez de manera natural el sentimiento indígena, por representar, sin artificio, el pesimismo y la nostalgia características del habitante autóctono. Vallejo es un gran poeta porque su obra representa una nueva sensibilidad, porque es “un arte nuevo, rebelde, que rompe con la tradición cortesana de una literatura de bufones y lacayos”.
De la mano de Vallejo, será igualmente valorado el indigenismo a quién Mariátegui comparará con el mujikismo eslavo “que tuvo un parentesco estrecho con la primera fase de la agitación social en la cual se preparó e incubó la revolución rusa”. La virtud de la literatura indigenista se debe a su reivindicación del indio en tanto esta reivindicación “viene insertada en el programa de una Revolución”. Inequívocamente Mariátegui considera que tanto el intelectual como la obra literaria tienen esta función social y revolucionaria, a partir de la cuál hay que juzgar su valía y someterla al “proceso”. Desde este criterio se explica su decisión estética que, de aquí en adelante, será la reivindicación de las vanguardias comprendidas como movimientos de ruptura contra el orden conservador y movimientos de liberación estética concomitantes con todas las formas revolucionarias de liberación social y política.

[1] Sartre, Jean Paul, ¿Qué es la literatura? Ed. Losada, Buenos Aires, 1991.

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