jueves, 6 de diciembre de 2007

Mariátegui: el lugar del indio para la construcción de la nación y de la identidad peruanas



En la primera década del siglo diecisiete un peruano publica en Europa una obra de refinada erudición que, sin desconocer la cultura europea, pretende ensalzar y definir el espíritu y el destino de su patria americana. El Inca Garcilaso de la Vega, en sus Comentarios Reales, libro fundador de las letras hispanoamericanas, se refiere al imperio Incaico en estos términos:

En el labrar y cultivar de las tierras también había orden y concierto. Labraban primero las del Sol, luego las de las viudas y huérfanos y de los impedidos por vejez o por enfermedad: todos estos eran tenidos por pobres, y por tanto mandaba el Inca que les labrasen las tierras. Había en cada pueblo, o en cada barrio si el pueblo era grande, hombres diputados solamente para hacer beneficiar las tierras de los que llamamos pobres. A estos diputados llamaban llactacamayu,que es regidor del pueblo. (…)Labradas las tierras de los pobres, labraba cada uno las suyas, ayudándose unos a otros, como dicen a tornapeón. Mandaba el Inca que las tierras de los vasallos fuesen preferidas a las suyas, porque decían que de la prosperidad de los súbditos redundaba el buen servicio para el Rey; que estando pobres y necesitados, mal podían servir en la guerra y en la paz. Las últimas que labraban eran las del Rey: beneficiábanlas en común; iban a ellas y a las del Sol todos los indios generalmente, con grandísimo contento y regocijo, vestidos de las vestiduras y galas que para sus mayores fiestas tenían guardadas, llenas de chapería de oro y plata y con grandes plumajes en las cabezas. Cuando barbechaban (que entonces era el trabajo de mayor contento), decían muchos cantares que componían en loor de sus Incas; trocaban el trabajo en fiesta y regocijo, porque era en servicio de su Dios y de sus reyes
[1].


La cita es extensa, pero pertinente. Más de tres siglos después, otro peruano volverá hacia una visión sumamente idealizada del imperio Incaico, y considerará la cultura precolombina de su país y a su sujeto, el indio, como el elemento más importante de la cuestión nacional: Los Siete Ensayos de interpretación de la realidad peruana, de José Carlos Mariátegui, fundarán sobre las raíces del comunismo primitivo del incario los fundamentos del futuro socialista en el Perú
[2].
Para la construcción de la nación y de la identidad peruana, el indio será pensado desde distintos argumentos que concluirán siempre en la misma fórmula: el problema del indio es el problema más importante del país, el país es el indio. Así, el indio será a la vez el sujeto del pasado y el sujeto del futuro: el presente del intelectual es comprender que la herencia del pasado indígena conducirá al destino de un futuro igualmente indígena que resolverá los conflictos y las contradicciones de un país escindido de manera tanto histórica como geográfica, tanto cultural como económica. Sobre la base de este principio, la ubicación del indio en el lugar principal del asunto nacional, Mariátegui elaborará las ideas que, entre otros títulos, le han valido el de primer marxista en América, un marxismo original, sumamente heterodoxo, un marxismo que, lejos de ser un mero calco de la doctrina europea, se esfuerza por adaptar las ideas a las particularidades del problema nacional
[3].
¿Y cuál es, para Mariátegui, el problema nacional? Con la misma contundencia que en el resto de su obra vemos que, según su ensayo Peruanizar al Perú, el problema nacional es el problema del indio y, respectivamente, “el problema del indio es, en último análisis, el problema de la tierra”
[4]. El argumento es revolucionario: el indio, el sujeto sojuzgado, exterminado, explotado, pasa a ser el sujeto de interés central, el agente del futuro.
No se puede pensar el Perú sin poner en primer lugar al indio, que es lo mismo que la tierra: las cuartas quintas partes de la población peruana es indígena. “El indio ha desposado la tierra”, dirá en el primero de los siete ensayos. De modo que el indio es, en primer lugar, el elemento natural, el elemento inevitable. Así sea en razón de la cuestión educativa, religiosa, política o cultural, el indio será la realidad autóctona en torno al cual deben girar todas las demás cuestiones. Así, con respecto a la cuestión educativa, Mariátegui dirá que “en el proceso de instrucción pública, como en otros aspectos de nuestra vida, se constata la superposición de elementos extranjeros insuficientemente combinados, insuficientemente aclimatados”. Los elementos extranjeros, es decir, la cultura europea, siempre aparecerán como un elemento artificial que, forzando la realidad nacional, no podrán jamás aclimatarse y conciliarse con el indígena, elemento autóctono, verdadero sujeto del Perú.
Lo mismo vale para la religión: la religión católica no tiene nada que hacer sobre un pueblo que ha recibido la herencia del incario en donde “el culto estaba subordinado a los intereses sociales y políticos del imperio”. Los Incas no tenían que predicar: la religión del Tawantinsuyo se correspondía con la realidad nacional. El problema del indio también está por encima de la contienda política tradicional, por ejemplo, las disputas entre el regionalismo y el centralismo. Tal como leemos en el sexto de los ensayos, esta bipolaridad pierde todo valor una vez que se asume el verdadero problema:

“Admitida la prioridad del debate del problema del indio y de la cuestión agraria sobre cualquier debate relativo al mecanismo del régimen más que a la estructura del estado, resulta absolutamente imposible considerar la cuestión del regionalismo o, más precisamente, de la descentralización administrativa”.

Ahora bien, ¿de qué manera debe abordarse el problema del indio? El indio es, en un país agrario, el desposado con la tierra. El problema del indio, que es un problema rural, debe asumirse en términos estrictamente económicos y “tiene sus raíces en el régimen de propiedad de la tierra”. Mariátegui descarta todo criterio que considere al indígena desde un punto de vista étnico –envejecidas ideas imperialistas-, moral –concepción liberal, ochecentista, iluminista- ni tampoco desde el punto de vista educativo. El punto de vista económico es el único acertado y, la solución de tal problema será “la base de un programa de renovación o reconstrucción peruana”. Este programa articulará el ideal político de Mariátegui: el socialismo indigenista. Es en este punto donde el futuro se articula con el pasado precolombino: el comunismo es una doctrina que funcionaba en todo su esplendor antes de la conquista. La conquista española no hizo otra cosa que interrumpir este régimen comunitario, capaz de alimentar a una población de más de diez millones de habitantes, para reemplazarlo por una economía feudal, perjudicialmente retrógrada, que ni siquiera será capaz de evolucionar hacia una burguesía industrial con capacidad para dirigir un proyecto nacional. La “retardada” economía burguesa de la república no será capaz de abolir una economía colonialista. Desde este análisis economicista, Mariátegui demostrará el fracaso de la realidad peruana debido a la influencia retrógrada de España, incapaz de superar o de abolir el natural socialismo de los indios. De hecho, será la propagación de las ideas socialistas las que traerán como consecuencia un fuerte movimiento de reivindicación indígena. María Pía López destacará que en este proyecto sucede que “lo más viejo puede ser lo más nuevo
[5]”. Así, la comprensión de lo antiguo reclamará la imaginación del porvenir: el comunismo incaico, sociedad antigua, es la verdadera base de la sociedad futura. Al contrario de la ortodoxia marxista, proyecto industrial de las sociedades burguesas consolidadas cuyo agente revolucionario es el moderno proletariado, pareciera ser que en Perú, según Mariátegui, la ausencia de esta burguesía no sólo no es negativa para la llegada del socialismo, al contrario: en el Perú el socialismo ya estaba en el pasado y, por lo tanto, el agente revolucionario, el protagonista de la emancipación social no será el obrero de las máquinas sino el indígena agricultor, aquél campesino que “a pesar de las leyes de cien años de régimen republicano, no se ha hecho individualista”. La ausencia de una burguesía inteligente, capaz de lograr una integración nacional y conducir un desarrollo económico, deberá ser reemplazada por las fuerzas populares de la masa indígena que lleva el socialismo de manera instintiva:
“En las aldeas indígenas donde se agrupan familias entre las cuales se han extinguido los vínculos del patrimonio y del trabajo comunitario, subsisten aún, robustos y tenaces, hábitos de cooperación y solidaridad que son la expresión empírica de un espíritu comunista”.

El socialismo debe recuperar al indígena, y el indígena debe recuperar el socialismo: el indio, en Mariátegui, es así el agente revolucionario, símbolo autóctono, nacional, que debería construir, recuperando la propiedad y la administración de la tierra, una economía socialista: “los hombres nuevos quieren que el Perú repose sobre sus naturales cimientos biológicos”. Este proyecto socialista, además de prescindir del proletariado industrial, seguirá alejándose de la ortodoxia marxista por su componente mítico: la revolución social es el mito del pueblo indígena, el mito que lo regresará al esplendor del imperio incaico. El Incario, en tanto un sistema de comunismo ideal, sirve sobre todo como mito, el mito necesario para impulsar a las masas a la lucha. En El hombre y el mito, Mariátegui dirá que la burguesía, carente de mitos, está en desventaja con el proletariado porque éste conserva el suyo, la revolución social: “la fuerza de los revolucionarios no está en su ciencia; está en su fe, en su pasión, en su voluntad. Es una fuerza religiosa, mística, espiritual. Es la fuerza del Mito
[6]”. Esta faceta mitológica del proyecto de Mariátegui es acertada en tanto que el Incario, imperio clasista, monárquico, frecuentemente adjetivado como esclavista, era un sistema evidentemente menos perfecto que la imagen idealizada, mitológica, que tanto Mariátegui como Garcilaso de la Vega hayan podido hacerse de él. En el proyecto de Matiátegui tampoco tenemos una idea, un método, un procedimiento por medio del cual sería posible llevar esta teoría a la práctica, es decir, lograr que efectivamente las masas indígenas, conscientes e ideologizadas, se lancen a la expropiación de las tierras para fundar sobre el Perú la sociedad socialista. Este proyecto, más sugestivo para el trabajo intelectual que factible para la acción política, ha resultado en efecto un fracaso. Al respecto, Fernanda Beigel recuerda que “ni en la Unión Soviética se respetaron las autonomías nacionales ni los partidos comunistas aceptaron al indio como sujeto de la revolución[7]”. Robert Paris, uno de los principales investigadores del pensamiento de Mariátegui, observa que el indigenismo, así resuelto en socialismo, parece proporcionar para los problemas cruciales respuestas demasiado rápidas y que evidentemente carecen de métodos para lograr sus objetivos: “todo como si esta función ahistórica del ayllu viniera a conferir al indio todos los caracteres de un proletariado mítico[8]”.
Sin embargo, la originalidad de los siete ensayos no dejan de construir, en el ámbito cultural, una propuesta interesante llena de elementos valiosos para pensar la construcción de la nación y de la identidad peruana. Este libro, escrito en un contexto en el que el ensayo era una manera particularmente apta para desarrollar cuestiones inherentes a la identidad de los países latinoamericanos, ha logrado la reubicación del indio, agente anteriormente desplazado de la consideración política, en su lugar adecuado, es decir, un lugar central ya que, pese a los desperfectos o a las objeciones que pudieran hacérsele, “un criterio que sostiene la supremacía del problema del indio, es simultáneamente muy humano y muy nacional, muy idealista y muy realista”.















[1] De la Vega, Garcilaso, Comentarios Reales, Editorial Porrúa, México, 1998
[2]Mariátegui, José Carlos, Siete Ensayos de interpretación de la realidad peruana, Buenos Aires, Nuestra América, 2005.
[3] Aricó, José, Mariátegui y los origenes del marxismo latinoamericano, México, Cuadernos de Pasado y Presente, 1980.
[4] Mariátegui, José Carlos, Peruanizar Al Perú, Buenos Aires, Ediciones El Andariego, 2007.
[5] Pía López, María, El peruano universal. Monday, Jun. 13, 2005
[6] Mariátegui, José Carlos, El hombre y el mito, en Mariátegui, Cien años, NºI, Editorial Minerva, Miraflores, 19 de octubre de 1993.
[7] Beigel, Fernanda, El Itinerario y la brújula, El vanguardismo estético-político de José Carlos Mariátegui, ed Biblos, Buenos Aires, 2003.
[8] París, Robert, La formación ideológica de José Carlos Mariátegui, 92 cuadernos de pasado y presente, Siglo XXI Editores, México, 1981

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