jueves, 6 de diciembre de 2007

LEOPARDI: POETA DE LA INFELICIDAD.

La infelicidad y los grandes temas. Comencé a sentir mi infelicidad de un modo mucho más tenebroso, comencé a abandonar la esperanza, a reflexionar profundamente sobre las cosas (…), a hacerme filósofo de profesión (de poeta que era), a sentir la infelicidad verdadera del mundo. Giacomo Leopardi, Zibaldone. Giacomo Leopardi es un poeta de lo absoluto. Los temas de su obra son los grandes temas de la humanidad, lo grandes temas del arte y de la filosofía. Estos temas sumamente trascendentales no son tratados de manera aislada porque constituyen las distintas piezas de uno sólo, quizá único gran tema que articula toda su obra y todo su pensamiento: la existencia humana. La esencialidad de estos temas suele aludirse de manera explícita y general, y muchas veces alguno de ellos es un personaje mismo: la Naturaleza, el Tedio, el Amor, el Infinito, la Luna, la Esperanza, el Pesimismo, el Deseo, la Muerte, el Destino y la Vida misma. En torno a estas enormidades, en donde la excelencia de la forma se corresponde con la excelencia temática de los motivos, Giacomo Leopardi construye un sistema de pensamiento cuyos elementos, en sugerente correspondencia, remiten los unos a los otros, se llaman y se complementan, se completan y se fundamentan en torno de una propuesta lírica y filosófica generosa en cadencias que se lucen tanto en el plano formal cuanto en la grandiosidad del contenido. Difícil será hablar de la muerte sin hablar del destino, difícil hablar del destino sin hablar de la naturaleza, de la naturaleza sin hablar de la luna y de la luna sin hablar del poeta. De ese modo, es posible tomar tantos ejes como temas se hallen en su obra, y cada uno de estos ejes podría servir para visitar críticamente el resto de los elementos, cada uno de los posibles ejes, el resto de las esenciales inquietudes que articulan el conjunto de sus poesías y sus prosas. Entre los grandes temas de Leopardi, uno de ellos es la Infelicidad. La infelicidad, problema existencial por antonomasia, cuestionamiento radical del sentido mismo de la vida, disparador de todas las penas, las angustias, los tedios y los deseos, fatalidad del nacimiento y del destino, es una de las inquietudes más latentes de su obra. La infelicidad y el género humano. Se la vita è sventura, perchè da noi si dura? CANTO NOTTURNO Dl UN PASTORE ERRANTE DELL' ASIA En Historia del Género Humano, síntesis alegórica de los grandes temas leopardianos, la infelicidad es un elemento que determina a la especie humana hasta el punto de comprometerla con la acción de los dioses. El género humano llega a la tierra y comienza una historia de sempiterna desventura. En un principio pareciera ser posible la plenitud y la armonía, no hay lugar para el dolor ni para el tedio. Ni siquiera el amor, fantasma sublime, único consuelo de los desdichados, hace falta cuando la humanidad, todavía en la infancia, puede contentarse con la mera existencia y, como los animales, es capaz de conformarse con vivir y ser libres de todo dolor y molestia del cuerpo. La tierra es finita, abarcable, y por un momento los hombres, abrazados en una misma nación y lengua, podrán contemplar maravillados el cielo y la tierra “opinándose felices”. Sin embargo, no tardarán en llegar hasta el final del horizonte, no tardarán en ver todo lo que está a la vista y de poner un pie en la fatalidad; es la conciencia de la finitud. De la conciencia de esta finitud nace la desgracia, es decir, los confines: el género humano no tolera los límites, la pequeñez, las cosas que existen en sí mismas. El género humano, ilimitadamente anhelante y, por lo tanto, ilimitadamente insatisfecho, busca siempre ser lo que no es, el más allá de lo posible, el salto de los confines, el infinito. Cuando la tierra no tiene nada nuevo que ofrecer, cuando no hay otros mundos por descubrir ni hermosos engaños en los que creer, llega el tedio y la nada, la inconsolable noia: ante el horror de los dioses, los hombres se suicidan. Es la primera vez, a lo largo de las Obritas Morales, que el hombre, incapaz de sustraerse de su desventura, preferirá la muerte antes que la vida. Júpiter, entre los horrorizados dioses, sumido de piedad y de buenas intenciones, intentará salvar a la condición humana, por todos los medios posibles tratará de “encaminarla a la felicidad”. Ahora bien, ¿qué se puede concluir del carácter de todos sus intentos? En principio que para lograr que el género humano sea feliz, es preciso hacer que se ignore a sí mismo, que no posea la verdad, que se distraiga, que se ocupe de todo tipo de complejas aventuras y se consuma en todo tipo de fatigas y trabajos: la única manera de que el infeliz no sea infeliz es olvidando su infelicidad, distrayéndose de ella. Para que los hombres olviden su infelicidad que es, en Leopardi, lo más parecido a ser feliz, los dioses tuvieron que agrandar la tierra para que no sea predecible, fomentar la imaginación, multiplicar las apariencias, esparcir los males, las enfermedades y las fatigas, crear los rayos, los truenos y las tempestades, infligir complicadas necesidades y, en el colmo del pesimismo y de la ironía leopardiana, rodear a los desventurados de todo tipo de valores y consuelos que en verdad no son sino fantasmas: la Justicia, La Virtud, la Gloria, el Amor. Ante un panorama metafórico como éste, ante un planteo que considera como fantasmas a todos aquellos valores y a todas aquellas grandezas del género humano, lo que subyace es la amarga certeza de que el hombre, en sí mismo, no posee más que insatisfacción y desdicha, y todo aquello que lo alegre y lo consuele deberá ser, por fuerza, un engaño, una inconsciencia o todo lo que atañe a la ingenuidad de la infancia. Entre todos los fantasmas, hay uno que es el más terrible: la Sabiduría. La sabiduría, en tanto medio de llegar a la verdad, es un peso demasiado grande para el género humano: que el infeliz posea la verdad significa que el infeliz sea conciente de su infelicidad constitutiva. Tal como recuerda Júpiter antes de cada fallido intento, la verdad “descubriría a los hombres y les mostraría continuamente ante los ojos su infelicidad”. La infelicidad humana, concepto expuesto, resumido, historiado y agotado ya en la primera de las obras morales, no es una consecuencia de las desgracias materiales sino que es lo que resulta del género humano mismo por su propia idiosincrasia: los hombres siempre están hambrientos de cosas nuevas, siempre ambicionan igualarse a los dioses, siempre quieren ser lo que no pueden ser, saber lo que no pueden saber, desear lo que no pueden alcanzar y buscar lo que no se puede encontrar. En Propuesta de Premios hecha por la academia de los Silógrafos, la propuesta de tal academia se basa en que los defectos del género humano son bastantes mayores y numerosos que las virtudes: “antes será posible rehacerlo, (…), sustituirlo por otro, que enmendarlo”. Esta especie, “anhelando siempre y en cualquier estado lo imposible”, al ser lanzada a la vida descubrirá, en un momento u otro, que lo único que puede acabar con su desventura es el fin de aquello que la provoca: su naturaleza misma, su vida. Muchas veces en Leopardi la muerte es la única solución para el problema de la vida. La infelicidad, lo imposible. Immedicati affanni al misero mortal INNO Al PATRIARCHI, O DE' PRINCIPII DEL GENERE UMANO La felicidad como bien imposible es un motivo recurrente, pero la exposición de esta imposibilidad, que más que una imagen lírica constituye un principio filosófico, es retomada a lo largo de la obra de Leopardi con mayor o menor intensidad. En Diálogo de Meambruno y Farfarello, Farfarello cuenta con el poder de Belcebú para proveer al hombre de nobleza, riqueza, imperios, queridas, honores y diversas fortunas. Sólo una cosa no es capaz de otorgar: la felicidad. El hombre, para ser feliz, tiene que dejar de ser un hombre o, más concretamente, tiene que renunciar a todo aquello que lo constituye como tal, por ejemplo el deseo. En este punto el diálogo que Torcuato Tasso mantiene con su genio familiar es imprescindible. La cuestión del deseo insatisfecho, motivo fundamental de la infelicidad, se trata en este diálogo con mayor contundencia que en el resto de la obra. Haciendo uso de uno de sus recursos más efectivos, Leopardi llega a lo general a través de lo particular: Tasso, en la desdicha de su encierro, admite que si bien la mujer amada, cuando la tenía al lado, le parecía una mujer sin nada de particular, desde el momento en el que no puede poseerla emerge en su recuerdo como una diosa. El deseo es un concepto clave de la infelicidad, y Leopardi explica con detalle su naturaleza: la naturaleza del deseo es que es irrealizable. Esto no significa que el hombre nunca pueda alcanzar un bien deseado, lo que sucede es que, en el momento de alcanzarlo, el bien deseado deja de contener la felicidad que prometía. El Genio le dice a Tasso que “el placer es siempre pasado o futuro, y jamás presente”, y Tasso, “entendiendo por placer la felicidad”, tiene que asumir la verdad de su naturaleza humana: la felicidad es imposible, solamente existe como un deseo, y los deseos no se pueden realizar. En el Diálogo de un vendedor de calendarios y un transeúnte, el transeúnte, mediante una dialéctica socrática, persuade al vendedor de que el único año deseable será siempre el año futuro, pero jamás el año presente ni los pasados: “aquella vida que es una cosa bella, no es la vida que se conoce, sino aquella que no se conoce”. Asimismo, Filippo Ottonieri, notable pensador, afirma en el capítulo segundo de sus Dichos Memorables que nadie está contento de su propio estado porque “ningún estado es feliz”. Tanto los ricos como los pobres, los súbditos como los príncipes, y tanto los débiles como los fuertes padecen la envidia del estado ajeno. El mismo Giacomo Leopardi, sin mediación de sus creaciones literarias, medita sobre estas cualidades de la condición humana, como pensador, en sus Pensamientos. Así, en el pensamiento LXXIX, leemos lo siguiente: “La naturaleza, con la benignidad que la caracteriza, ha ordenado que el hombre no aprenda a vivir sino en la medida en que las causas del vivir vayan desapareciendo; que no sepa apreciar los caminos de alcanzas sus fines si no ha cesado de valorarlos como felicidad celeste, y cuando el lograrlo no puede traer consigo sino una alegría mediocre; que no goce sino cuando se considere incapaz de goces plenos”. Y a lo largo de la lírica, ¿no es esta imposibilidad, esta inaccesibilidad del placer y de la dicha lo que subyace a sus poemas? En sus motivos amorosos, ¿no son los recuerdos y los sueños las únicas circunstancias en las que el amado se abraza con la amada? Llegó la realidad y tú caíste, desdichada. Una y otra vez a lo largo de la obra de Leopardi sucede que la infelicidad es para el hombre lo que es para Sísifo su roca: el hombre no puede dejar de cargar con ella y no obstante lo hace sabiendo que llegado a la cima tendrá que caer de nuevo en la desdicha con su misma pena entre los brazos. La infelicidad y la naturaleza. O natura cortese, son questi i doni tuoi, questi i diletti sono che tu porgi ai mortali. LA QUIETE DOPO LA TEMPESTA Si el hombre es infeliz por su misma naturaleza, no lo será menos por la Naturaleza misma. La crítica ha registrado el lugar que ocupa en la obra de Leopardi la naturaleza, y su valoración no es siempre igual: en un primer momento la naturaleza, madre del hombre, todavía puede acompañarlo en sus penas y recoger sus súplicas, pero luego, en la madurez del pesimismo leopardiano, la naturaleza devendrá de madre a madrastra, de compañera se convertirá en verdugo, y el hombre, desamparado, se recogerá cada vez más en su desdicha sin contar siquiera con este auxilio divino. Madre o madrastra, maligna o benigna, la naturaleza siempre protagonizará un conflicto que se desprende de este hecho: su infinitud en contraste con la finitud del hombre, su perfección en contraste con la imperfección del hombre, su armonía ante el tedio, su impasibilidad ante la desesperación. La relación del hombre con la naturaleza tiene que ser conflictiva porque la naturaleza tiene todo aquello que el hombre quisiera tener. Magnánima, imperecedera, desprovista de angustia y de infelicidad, incluso cuando no lo ataca directamente con sus tempestades, la naturaleza no podrá hacer nada por el hombre para consolarlo de sus desdichas, para despojarlo de su tedio ni para aliviarlo de su insatisfacción vital. Las leyes de la naturaleza son tan inevitables como las leyes de la condición humana, ni unas ni otras pueden alterarse y por momentos resultan inconciliables. En Historia del género humano el poderoso Júpiter no podía hacer que los hombres vuelvan a su infancia, lo cual sería la solución más inmediata de los problemas, y no podía hacerlo “por ser ello contrario a las leyes universales de la naturaleza”. Desde luego que tampoco era posible modificar la naturaleza del género humano y hacer que los hombres se conformen, tal como los animales, con un nivel de vida primario y desprovisto de afanes trascendentes. Ante esta irreversibilidad de las leyes naturales y de las leyes humanas, hombre y naturaleza se pondrán frente a frente en una relación que, entre el amor y el odio, experimentará todo tipo de tensiones. En el poema La vida solitaria, el poeta le habla confidentemente a una naturaleza que, desde que lo despierta golpeando su cabaña con las gotas de una suave lluvia matinal, aún parece tener un resto de piedad para él. Pero en A la primavera ya se hace lugar una voz suplicante pero desengañada que lamenta el divorcio entre la naturaleza y el hombre. En otros tiempos, posiblemente aquellos que, en Historia del Género humano, se caracterizaban por una armonía inicial durante la infancia del hombre, la naturaleza y el hombre no estaban reñidos Fueron cómplices de la gente las suaves brisas, las nubes y la titánica lámpara y el caminante, seguido por el ojo de la naturaleza, la sentía compañera. Sin embargo, el hombre advertirá más tarde el distanciamiento, la indiferencia de la naturaleza ante su desdicha: y el suelo natal se ha vuelto indiferente al destino de las almas afligidas de sus hijos y, antes de sumirse en el pesimismo, podrá todavía lanzar una última súplica: escucha el anhelo infeliz y el hado inmerecido de los mortales, naturaleza hermosa. Más tarde el poeta advertirá la inutilidad de su súplica. En La noche del día de fiesta el poeta sale a saludar al cielo y a la antigua naturaleza omnipotente que me entregó al dolor. La naturaleza ya empieza a formar parte de las causas de la desventura humana y, en idilios como A Silvia, el tono empieza a dar lugar al reproche: Oh naturaleza, ¿por qué no entregas luego lo que antes prometiste? ¿Por qué de este modo engañas a tus hijos? De aquí en más, la perfección de la naturaleza será una de las causas de la desdicha humana y, sin cuidado de su criatura, atormentándolo incluso con todo género de calamidades, pasará a ser una más de las causas del infortunio. En Diálogo de la naturaleza y un alma, la relación es clara y frontal. La naturaleza, antes de largar al mundo a un alma, la despide diciéndole las siguientes palabras: sé grande y sé infeliz. Ante las protestas del Alma, la naturaleza explica llanamente que “todos los hombres, necesariamente, nacen y viven infelices”, y que no está en su poder remediar la situación. El Alma, disgustada, le reprocha a la naturaleza haberle otorgado el deseo de la felicidad como el más grande de todos los deseos y como el único incapaz de satisfacer y, antes de rogarle que la aloje en un ser imperfecto y que le adelante la muerte, lanza una queja fulminante: “en vez de amarme singularmente, (pareciera que) me tengas más bien odio y malevolencia mayores de los que me tendrán los hombres y la fortuna mientras esté en el mundo”. En Diálogo de la naturaleza y un islandés el duelo entre la naturaleza y el hombre alcanza el máximo de su radicalidad. El hombre, en este caso el islandés, ya huyendo de la naturaleza con toda la pasión de su odio, maldice tener que entrar en diálogo con ella en una región apartada de África. Consternada, le lanza el reproche de haberle infundido una insaciable avidez por el placer al tiempo que el disfrute de este placer sea, entre las cosas humanas, la más nociva, cuando no imposible. La Naturaleza le revela al islandés una de las verdades terribles, aquellas verdades que Júpiter no cree que a la humanidad le convenga saber: la vida es un circuito de producción y destrucción en cuyas leyes nada tiene que ver la felicidad humana. El Islandés pregunta: ¿a quién complace o a quien favorece esta vida infelicísima del universo, conservada con daño y con muerte de todas las cosas que lo componen? Pero dos leones se lo comen antes de que la naturaleza le responda: es la naturaleza misma, indiferente, la que se come al hombre, siendo una causa más de su desdicha. Esta dolorosa fulminación es la única y clarísima respuesta. Los cantos del poeta y los cantos de los pájaros. io vorrei, per un poco di tempo, essere convertito in uccello, per provare quella contentezza e letizia della loro vita. ELOGIO DEGLI UCCELLI En tanto que los animales forman parte de la naturaleza y carecen, como ella, del fastidio y del tedio, de la angustia por el propio destino y de la insatisfacción de todos los deseos, no es extraño que el hombre, entre tantos deseos imposibles, desee ser como los animales o parecerse a ellos. En El gorrión solitario, este gorrión es tan solitario y taciturno como el poeta; ambos absortos, ambos apartados, gorrión y poeta, sin compañeros y sin alegría, sin volar y mirándolo todo, lanzan sus cantos desde su sitio hasta que cae el día: ¡Ay, cómo se asemeja tu existencia la mía! Sin embargo, hay algo que los diferencia: tu ser, al fin, es fruto de la naturaleza Al contrario del gorrión, el poeta se duele de su destino, no logra evitar el padecimiento de un presente triste y aburrido en tanto que presagia, en un futuro cercano, la angustia existencial y el arrepentimiento. La ventaja de los seres de la naturaleza con respecto a los hombres, la desdicha de éstos frente a la conformidad de aquéllos, atormentará a Leopardi durante toda su poética, tanto en verso como en prosa. En Elogio de los pájaros se considera asombroso que el hombre, siendo entre todas las criaturas “la más atormentada y mísera”, siendo como son los hombres “infelicísimos sobre todos los demás animales”, compartan con los pájaros el privilegio de reír. Siguiendo los argumentos de este texto pareciera ser que los pájaros son felices porque no son como los hombres: no están sometidos al aburrimiento, pueden cambiar de lugar a cada instante, experimentan cosas infinitas y diversísimas, prodigan la vida extrínseca, etc. En Cántico del gallo silvestre, tenemos traducida a la poética leopardiana el canto de un ave que toca la tierra con los pies y el cielo con la cresta. En este canto matutino, luego de asegurar que despertarse es un daño, el gallo pregunta al sol lo siguiente: “¿viste tú alguna vez a uno solo entre los vivientes ser feliz? La pregunta de este cantar del gallo comparte idénticas inquietudes con las preguntas que se hace el poeta en uno de los idilios más importantes de Leopardi: Canto Nocturno de un pastor errante de Asia. En este bellísimo canto la tragedia de la desdicha humana frente a la naturaleza se despliega con toda la voluptuosidad y toda la dolorosa dulzura que sólo la poesía puede alcanzar. El pastor, en diálogo metafísico con la luna, derrama toda su alma en profundísimas preguntas –qué haces tú en el cielo, qué fin tiene mi existencia, por qué soportar la vida, qué es la inmensa soledad- que, poco a poco, van desmantelando la soledad de la condición humana y la desventura de la vida. La luna, al igual que el pastor, recorre siempre el mismo camino, ve siempre las mismas cosas en un círculo interminable. Sin embargo, la luna es inmortal, y el hombre no. La luna, elemento magnánimo de la naturaleza, tema leopardiano y romántico por excelencia, carece del tedio y de la inquietud que sacude al hombre que, nacido al dolor, víctima de penas y tormentos, no tiene más digna ocupación que la de consolarse de su existencia: ¿por qué nace al mundo y para qué sigue viviendo quien luego por eso debe consolare? El pastor, el cantor, el hombre, Giacomo Lopardi, vuelve a comparar su desdicha con la plenitud de la naturaleza. El pastor pasa de la luna a su rebaño y exclama: ¡Cuánta envidia te tengo! El rebaño, naturaleza pura, se halla libre de afanes, de fatigas y de dolores, y jamás lo embarga el tedio. El pastor se mide con sus animales y les hace la gran pregunta: ¿por qué yaciendo sobre la hierba, ocioso, todo animal reposa; y, en cambio, a mí turba la tranquilidad? La grandeza, la armonía y la inmutabilidad de la naturaleza frente a la desventura y al dolor humano es una de las recurrencias más notables de la obra leopardiana. La inmensidad del universo es un despecho altivo ante la pequeñez de la criatura humana. En Diálogo de Hércules y Atlas, la tierra aparece como una pelota que, de mano en mano entre dos gigantes, rueda patéticamente como si fuera un balón para jugar. En Diálogo de un duende y un Gnomo, éste último dice de los hombres que “ellos creían que todo el mundo era hecho y mantenido por ellos solos” y, ante la supuesta desaparición de la especie, se da por descontado que “la Tierra no siente que le falte nada”. En La apuesta de Prometeo, Prometeo perdió su apuesta por pensar que el género humano es más valioso que el vino, el aceite y que las ollas teniendo que entender, luego de una dantesca excursión por la tierra, que el género humano es supremo “pero supremo en la imperfección”. En el diálogo de Copérnico, el Sol le dice a la primera hora que está cansado de “este continuo dar vueltas para suministrar luz a cuatro animalillos que viven sobre un puñado de barro”. Y esta misma luna, la luna increpada por las preguntas del pastor errante, en Diálogo entre la tierra y la luna le manifiesta a la tierra no saber nada del hombre e ignorar todo lo que atañe a ellos y a su naturaleza, lo cual da a entender que el pastor, en la soledad de los campos, largaba sus preguntas y sus lamentos hacia la ancestral sordera del universo. Volviendo a los puntos más altos de la lírica leopardiana, resta decir que el carácter sublime de la retama, generosa flor del desierto, consiste en su gentil perfume que ofrece desde las virtudes de una naturaleza que contrasta con la soberbia de los hombres: No creíste jamás que por el hado o por ti misma eterno tu frágil linaje fue creado. El hombre, ser pequeño e imperfecto, postrado ante la grandeza y la perfección del universo, experimenta en el contraste de su existencia con la grandeza de la naturaleza y del universo una de las congojas que desbordan su desdicha. No es de extrañar que El infinito, el pequeño poema que quizá sea el más grande de todos los cantos, ofrezca a la mirada del lector una imagen que representa en los antagonismos de su comercio la relación del hombre con las inmensidades. La infelicidad y la muerte. Ignaro del mio fato, e quante volte questa mia vita dolorosa e nuda volentier con la morte avrei cangiato. LE RICORDANZE Malambruno le dice a Farfarello: “el no vivir es siempre mejor que el vivir”. Ante su desdicha, el hombre puede preferir la muerte a la vida. En la obra de Leopardi hay deseos de suicidios e intentos de suicidio. Desde Historia del género humano, cuando los hombres se mataban ante el horror de los dioses, la invocación voluntaria de la muerte es otro de los motivos recurrentes. La muerte, más allá de su benignidad, atraviesa transversalmente el contenido de los poemas –el suicidio de Safo, el suicidio de Bruto, la mujer amada, el bajorrelieve de un sepulcro antiguo, el retrato de una mujer hermosa en su monumento sepulcral, etc.- y el contenido de sus prosas –la muerte y la moda, Federico Ruysch y sus momias, el deseo de Porfirio, el deseo de Tristán, etc-, para no citar los numerosos fragmentos del inmenso diario de Leopardi, el Zibaldone. Este tema de la muerte supera el tópico de época, va más allá del interés del romanticismo para trascender, más allá de toda época, como el motivo poético por excelencia, vivido, si se permite la expresión, desde una subjetividad peculiar y articulando un sistema de pensamiento coherente. En Leopardi la muerte, tal como el sueño, que es una forma efímera de morir, aparece como un bien. En Diálogo de un físico y un metafísico el metafísico le ruega al físico que esconda su invención, a saber, el arte de vivir largamente, porque “si la vida no es feliz, que hasta ahora no lo ha sido, mejor nos cuadra tenerla breve que larga”. Y le recuerda que en muchos casos, tanto entre los antiguos como entre los modernos, los hombres han preferido la muerte. El metafísico también le recuerda al físico la costumbre de un pueblo bárbaro que consistía en tirar en un carcaj una piedrecilla negra por cada día infeliz y una blanca por cada día feliz: pocas son las blancas. Si pocas son las piedras blancas, muchos pueden ser en el hombre los deseos de morir. En el poema Amor y muerte, la muerte es, junto al amor, una de las dos cosas más bellas de la tierra: la muerte es la que apaga el dolor: no tardes más, escucha mis ruegos, cierra a la luz estos ojos tristes, reina del tiempo. Más radicales todavía son las palabras de Tristán, en el último de los diálogos. Aquí la infelicidad y el deseo de la muerte se articulan con toda la desesperación y con toda la furia que pueden agotar el asunto: Si me fuese propuesta por un lado la fortuna y la fama de César o de Alejandro limpia de toda mancha, y por el otro, el morir hoy, y tuviese que escoger, diría: morir hoy, y no necesitaría tiempo para resolverme. La infelicidad y la moral. L'armi, qua l'armi: io solo combatterò, procomberò sol io. ALL'ITALIA Sin embargo, el hombre tiene que vivir. Pese a la inmensa e inevitable infelicidad, en la obra de Leopardi hay luces, luces diminutas que, aunque estén rodeadas de oscuridad, por momentos pueden bastar para abolir la penumbra. Tal como le dice Plotino a Porfirio en atendibles razones que concluyen el diálogo sobre el suicidio, la vida es algo que hay que vivir lo mejor posible aunque sea desdichada. La muerte llegará, pero porque hacia ella nos dirige la naturaleza: mientras tanto, los hombres deben afrontar la vida con nobleza. Esta moral no nos libra del infortunio, la vida sigue siendo, aunque haya que vivirla dignamente, una vida infeliz. Pero si hay que hacer lo posible para cultivar el bien y para negarse al suicidio, el motivo no radica en que la vida pueda ofrecer satisfacción alguna sino en que el hombre, una vez lanzado a ella, no debe esquivar su propia naturaleza que, además de tender al placer terrenal y al deseo puede acceder a la virtud siendo una bajeza, por motivos de infortunio, desviarse de ella. El tema de la infelicidad es tan recurrente en la obra de Leopardi como el motivo de que el hombre debe vivir lo más dignamente posible pese a las adversidades. Así, en Parini o de la gloria, el maestro, luego de explicarle a su discípulo los esfuerzos que conlleva la gloria y la imposibilidad de gozar de sus beneficios, no obstante es necesario que siga adelante en su camino artístico porque “a nuestro destino, nos lleve donde nos lleve, hay que seguirlo con ánimo fuerte y grande”. Lo mismo sucede en Diálogo de Cristóbal Colón y Pedro Gutiérrez. Colón le da a entender a Gutiérrez que la situación de navegar sin rumbo cierto y sobre la base de un deseo acaso imposible es un metáfora misma de la vida. No se sabe hacia dónde se va, seguramente se esté yendo hacia la nada o hacia la misma muerte pero, así y todo, la vida es eso mismo y es preciso seguir navegando. Finalmente, en la prosa de Leopardi aparecen dos escritores que pueden considerarse como dos alter ego del autor: Tristán y Eleandro. Ambos escritores se caracterizan por escribir obras que revelan infortunios y se preguntan sobre el sentido de escribir. En Tristán y en Eleandro la escritura es un deber moral, y el cumplimiento de este debe moral consiste en un compromiso profundo con la verdad: “Si algún libro moral pudiese ayudar, yo creo que ayudarían máximamente los poéticos”. Eleandro, seguro de sus obras, satisfecho de sus libros que “muerden continuamente al hombre”, escribe lo que escribe porque tiene intolerancia hacia la simulación, porque tiene que condolerse del destino de los desdichados y, finalmente, porque tiene que revelar las verdades que son la sustancia de toda la filosofía, es decir, aquellas que implican la infelicidad y la imperfección del hombre. Aunque sus escritos recuerdan verdades duras y crueles, al mismo tiempo deploran todo aquello que conduzca a los vicios y al abandono moral de la especie. Tristán, al igual que Eleandro, se asume infeliz y le dice a un amigo que tiene el coraje de no disimularse “ningún aspecto de la infelicidad humana, y aceptar todas las consecuencias de una filosofía dolorosa, pero verdadera”. En unos tiempos en donde abundan las bajezas, las vulgaridades, los vicios y las mentiras, el escritor tiene el deber de ser riguroso, sincero y consecuente consigo mismo en un compromiso imprescindible con la verdad. Esta virtud es asimismo una actitud moral e, imposible evitar la metáfora, acaso sea la única flor que embellece las arideces del desierto. La infelicidad y el poeta. Nè schermo alcuno ho dal dolor, che scuro M'è l'avvenire, e tutto quanto io scerno E' tal che sogno e fola Fa parer la speranza. AD ANGELO MAI, QUAND'EBBE TROVATO I LIBRI DI CICERONE DELLA REPUBBLICA Cuando el poeta se habla a sí mismo, se va diciendo verso tras verso todas aquellas amarguras de la infelicidad humana. Este poema parece una despedida, la despedida de quién se retira a la muerte luego de entender que en la vida no hay más que dolor. Más que la queja de la infelicidad o su descripción, lo que hay es una vivencia pura de la misma, y todos los motivos de la desdicha ya enumerados –la condición humana, la naturaleza, lo imposible, la muerte- se resumen en menos de veinte versos, dieciséis versos en un adelantado estilo libre que condensan la mayoría de los grandes temas de toda su obra. El poeta ya ha vivido, y ha sido infeliz. Ahora, a un paso de la muerte, no le queda más que la nada y que la confirmación de su drástico pesimismo: Ahora descansaras para siempre, cansado corazón. Murió el engaño extremo que eterno imaginé. Murió. El engaño ha muerto. Ya no quedan esas larvas que los dioses, para consolar a los hombres de su condición, condescendían a bajar del cielo. Ausente el engaño, poco queda por hacer en una vida donde la verdad ofende al hombre revelándole lo irremediable del infortunio. Siento que de los dulces goces, no sólo la esperanza ha muerto en mí, sino el deseo. El deseo y la esperanza: ya no queda ese afán, esa búsqueda de lo imposible, la ilusión del goce, del placer. El poeta ya sabe que no es posible concretarlos, que los deseos solamente se desean hasta agotar el corazón: Descansa para siempre. Mucho te empeñaste. Tu inquietud nada vale, ni es digna de suspiros la tierra. Nada vale la inquietud cuando la vida es infeliz: la infelicidad está en el destino de los hombres, consecuencia lógica de quienes desean lo imposible: Angustia y tedio es la vida, no otra cosa; y barro el mundo. Pesimismo extremo: el poeta, sabedor como Tristán de las grandes verdades, de los principios sustanciales de la filosofía, no ve en el mundo más que oscuridad y pena, y sólo puede expresar una honesta desesperanza: Apaciguarte ya. O bien desespera una última vez. El destino no nos dio más que la muerte. Fatalidad, la muerte como el único bien o el único sentido. No hay felicidad, lo que hay es la muerte; al igual que las momias de Federico Ruysch, el poeta canta que el hado niega a los mortales el ser dichoso y, una vez más: Desprecia ya a la naturaleza, al hórrido poder que, oculto, en nuestro detrimento reina, La naturaleza, de nuevo la naturaleza, símbolo de la grandeza y la perfección, reinando en detrimento, en contraposición y en humillación de la pequeñez humana. Lo único que resta, a un paso de la muerte y con la carga de una vida desdichada, es la renuncia radical, la negación de la existencia, despreciar a la condición humana y a la infinita vanidad del todo.

1 comentario:

Tatiana Peñuela Orjuela dijo...

Excelente!!!!!!! Quedé satisfecha leyendo esto! Felicitaciones... ;)